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Sunna
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Cuando Sunna cumplió siete años, supo que su vida había terminado. Al menos la vida tranquila y pacífica de los niños pequeños, siempre requeridos para ayudar en algunas tareas cotidianas, pero libres a su vez para el juego y la Naturaleza.

En el pueblo de Sunna, todas las niñas, al cumplir su edad, pasaban a ser las responsables de traer el agua a la casa. La vasija que utilizaba su madre para este menester, un recipiente grande y panzudo, hecho de barro reforzado con paja, la miraba desde el interior de su casa diciéndole: “Soy tuyo, a partir de ahora estoy en tus manos“.

Ese día, Sunna hubiera preferido seguir durmiendo y no despertar, quedarse acurrucada en la tranquilidad letárgica del sueño, en ese mundo irreal y nebuloso sin sentidos, sin voces, sin miedos… pero se levantó. Alguien la sacudió con firmeza y el sueño dio paso al resplandor de la luz temprana.

  • Sunna, ya es hora -le dijo su madre- y se marchó enseguida.

Se estiró un poco y miró alrededor. Su hermano pequeño dormía plácidamente y su hermano mayor se daba la vuelta para continuar durmiendo. Se vistió despacio, y su madre volvió a aparecer por la puerta.

  • Sunna, hija, ¿sabes qué día es hoy verdad? Es tu séptimo cumpleaños. Las nieves han cubierto nuestras montañas durante siete inviernos y el sol las ha derretido en siete primaveras para traer agua a nuestros manantiales. Ha llegado el momento y tú has de recoger esa agua para la familia.
  • Madre, sabes que la fuente está lejos, hay que atravesar el bosque, donde todo es oscuridad, y aún soy pequeña.
  • Hija, todos crecemos alguna vez. Vamos.

Su madre le mostró la vasija del agua y le dijo que, después de comer algo, tenía que marcharse a buscar el agua porque había un largo camino. Sunna obedeció. Comió algo más de lo que solía porque sabía que tardaría en volver, incluso se guardó un poco para después. Sus hermanos correteaban a su alrededor y la vieron alejarse sorprendidos.

Caminaba despacio, con la vasija en la cabeza, pesadamente, como si no quisiera llegar nunca. El sol había salido ya, y cuando ilumanra desde el centro del cielo, Sunna sabía que podía estar de vuelta.

Pero había que atravesar el bosque.

Cuando divisó los primeros árboles, sintió un escalofrío. Era una mancha tupida de color verdoso y gris que destacaba sobre el ocre del suelo y el azul brillante del cielo. La mancha crecía y pronto se elevó sobre ella. Percibió sombras y sonidos nuevos, y se levantó un golpe de viento que venía de lo más profundo y la sacudió.

  • No puedo -gritó.

No puedo. Soltó la vasija, cerró los ojos con fuerza y echó a correr en la dirección opuesta, ciega, con la oscuridad de la que huía dentro de sus ojos. Y corrió, corrió sin parar hasta que algo la sujetó con firmeza y tuvo que abrir los ojos.

  • ¿Dónde vas así niña? ¿Qué te pasa?

Una mujer mayor pero no anciana la miraba con curiosidad.

  • ¡Oh, me he asustado de un gran ruido, quizá un trueno o un animal salvaje, y he corrido sin mirar atrás.
  • Ni hacia delante hija. Si no te sujeto, te habrías caído al lago.

Detrás de la mujer se extendía una masa de agua que ocupaba casi todo.

  • ¿Quién eres? ¿Qué haces tú sola?
  • Me llamo Sunna, y voy … a visitar unos parientes.

En los ojos de la mujer brilló un destello de sombra pero Sunna no lo vio porque le daba miedo mirar de frente.

  • Bien, Sunna “que corre con los ojos cerrados y visita parientes lejanos”, ¿quieres sentarte a mi lado y hacerme compañía? Toma, come algo y te contaré una historia…

Y escuchó muchas.

De animales, de hombres y mujeres, de dioses…

… y no sentía nada, sólo un cierto frescor en los pies, los tenía dentro del agua y no se daba cuenta, era dulce estar así.

De pronto, sintió un fuerte dolor en la mano. Una piedra había caído del cielo, un gran pájaro blanco se alejaba graznando.

  • ¡Qué dolor! -su mano, casi transparente, estaba roja.
  • ¡Qué uñas más largas! -se miró en el agua-. ¡Qué cabellos tan sucios!

La mujer mayor la miraba en silencio y la sombra bailaba en sus ojos.

Y Sunna la vió.

  • ¡El agua, mi vasija!
  • He de irme -dijo, y se alejó lo más rápido que pudo.

Le dolia todo el cuerpo y le costaba caminar. -Qué sucia estoy -pensó y se agachó a lavarse, a frotarse las manos y el pelo. Se sintió mejor y tomó un camino que se alejaba del lago.

  • Debería volver, me estarán esperando, pero… el bosque, el bosque.

Cavilando en todo esto, llegó a las puertas de un pueblo parecido al suyo, sólo que detrás de él se erguía una montaña no muy alta, de color marrón rojizo, coronada por nubes de humo gris, casi negro.

En seguida encontró un grupo de niños jugando que la rodearon, invitándola a estar con ellos. Y jugaron sin parar hasta que llegó la noche.

Y así fluyeron los días; cada noche descansaba en una casa y hacie le preguntaba su nombre ni adónde iba.

Y jugó, jugó…

Y el tiempo pasó.

La mañana que la montaña habló, Sunna se dio cuenta de que se había cansado de jugar.

  • ¿Qué es ese temblor? -preguntó a los demás niños.
  • Es la montaña que habla -le contestaron-. ¿Y qué dice? -dijo ella.
  • No sabemos, no le entendemos. Cuando habla bajito, como ahora, no hacemos caso; pero cuando grita fuerte, tenemos miedo y estamos en casa sin salir hasta que calla.
  • Eso no está bien -habló Sunna-. La montaña está aquí cerca, podemos llegar hasta ella y ver qué quiere.
  • Oh, no. Nadie ha hecho eso nunca -dijeron todos los niños.
  • Yo iré, y le preguntaré qué le pasa.

Salió del pueblo dejando atrás los niños, las casas y pronto llegó a las mismas faldas de la montaña, que emitía un ruido sordo y constante. Esta era completamente pétrea, pura roca, no se veía árbol, brizna de hierba o matorral espinoso que creciera por algún sitio.

  • ¡Qué roca más bonita, tiene un hermoso color rojo oscuro! -se dijo Sunna- y comenzó a trepar, buscando la forma más sencilla de llegar hasta la cima. No fue fácil, pero vio que sus brazos eran más largos, y le costaba menos llegar a los salientes donde tenía que agarrarse. Cuando ya estaba bastante cansada, llegó a una msesta hecha de roca pulverizada, suave arena que se escurría entre los dedos de sus pies y desde allí, próxima, divisó la montaña, porque ella tampoco lo había hecho nunca. Cuando llegó arriba, supo lo que tenía que decir.
  • ¿Cómo te llamas montaña? ¿Qué te pasa? -habló.
  • Me llamo Diamante Encendido y estoy llorando porque estoy sola. A veces estoy tan triste que mi corazón se rompe en trocitos ardientes que pugnan por salir y fluir como lágrimas humanas.

Sunna miró a su alrededor, dirigió sus ojos hasta las líneas del horizonte y vio que también estaba sola.

  • No -le dijo-. No.
  • Yo estoy contigo… y el viento que acaricia tus laderas, y el rocío que las baña cada mañana, y el sol que las calienta al mediodía. Nunca has estado sola.
  • Ningún humano viene a visitarme.
  • Y estoy aquí, pero tu llanto les asusta. Si dejas de llorar ellos vendrán a conocerte.
  • ¿Y tú quien eres, niña-mujer?
  • Soy Sunna, la niña que también tenía miedo, pero he de marcharme. Un bosque y una fuente me esperan, y también mi familia.
  • Toma Sunna, le dijo la montaña, te regalo mi última lágrima, la más hermosa.

Ella se agachó para recoger una piedra transparente llena de reflejos multicolores. La apretó fuerte en su mano, extendió los brazos hasta el cielo y bajó, bajó, bajó… hasta que divisó el Bosque que tanto temía.

  • No es tan oscuro -se dijo-. Ni tan enmarañado. Hay muchos arbustos y árboles pequeños. Vio oquedades, madrigueras de animalillos, árboles ancianos y sabios que ondulaban sus ramas al verla pasar. Distraída, tropezó con algo duro.
  • Uf, ¡la vasija! -se alegró de que aún estuviera allí.
  • No se ha roto -la colocó sobre su cabeza y le pareció muy ligera.
  • Vamos -y comenzó a caminar.

Eulalia Lozano, del libro “Cuentos que Curan”, Editorial Océano, 2007.