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Nasrudín: ¿Saben de qué les voy a hablar?
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Nasrudín acababa de llegar a un pequeño pueblo de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese lugar, y sin embargo, apenas se apeó de su mula, una pequeña comitiva de habitantes le informó que en el auditorio mayor del pueblo se había reunido una multitud que, enterada de su presencia, lo esperaba para que les dirigiera unas pocas palabras. Nasrudín no pudo evitar ser conducido ante la gnete que lo ovacionó tan solo al verlo acercarse. Nuestro héroe, que realmente no sabía qué podía decirles, se propuso terminar lo más rápidamente posible. El “disertante” se plantó ante la gente que aplaudía y, después de una breve pausa, abriendo los brazos, se dirigió a todos:

  • Supongo… -empezó con gran ampulosidad- que ya sabéis qué es lo que he venido a deciros…

Al cabo de unos minutos interminables, se escucharon algunos murmullos y finalmente el pueblo respondió:

  • No… ¿Qué es lo que tienes que decirnos? No lo sabemos. ¡Háblanos!

Nasrudín creyó ver una oportunidad de librarse de la incómoda situación y dijo:

  • Si habéis venido hasta aquí sin saber qué es lo que yo tengo que deciros, entonces… no estáis preparados para escucharlo.

Y dicho esto, se dio media vuelta… y se fue.

Todos se quedaron de una pieza. Algunos ensayaron una risa nerviosa, suponiendo que Nasrudín volvería al podio, pero no sucedió. La confusión se adueñó de los asistentes, habían venido aquella mañana para escuchar al gran iluminado y el hombre se iba sencillamente diciéndoles esas pocas palabras.

Lo que pasó después, casi podría preverse. Nunca faltan algunos que presuponen que si no entienden algo, es porque lo dicho es sumamente inteligente y los que, sintiéndose incómodos en esas situaciones, se sienten obligados a demostrar cuánto valoran la inteligencia.

Uno de ellos, que estaba presente, dijo en voz alta, mientras Nasrudín se alejaba:

  • ¡Qué inteligente!

Y, por supuesto, cuando alguien no entiende nada y otra persona dice: “¡Qué inteligente!”, para no sentir que es el único tonto, repite: “¡Sí, claro, qué inteligente!”. Muy probablemente por eso, todos los presentes comenzaron a repetir:

  • ¡Qué inteligente!
  • ¡Qué inteligente!

Hasta que alguno añadió:

  • Sí, qué inteligente, pero… Qué breve, ¿verdad?

Y otro, que perteneía al club de los que además de necesitar disimular detrás de una explicación lógica lo que no la tiene, agregó:

  • Es que tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque, como el maestro dice, ¿cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí sin siquiera saber qué es lo que venimos a escuchar? ¡Qué tontos! Hemos perdido una oportunidad maravillosa.
  • ¡Qué iluminación, qué sabiduría!
  • Tenemos que pedirle a ese hombre que ofrezca una segunda conferencia… -terminaron reclamando muchos a coro.

Así fue que decidieron ir a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada por lo que había ocurrido en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que su conocimiento era demasiado profundo para transmitirlo en una sola conferencia.

Nasrudín les dijo:

  • No, es justo al revés, estáis equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

Pero la gente comentó:

  • ¡Qué humilde!

Y cuanto más insistía Nasrudín en que no tenía nada para decir, mayor era la insistencia de la gente en que quería escucharlo otra vez. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguietne, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde se había congregado aún más gente, pues todos los ausentes habían escuchado del éxito de la conferencia del día anterior. Muchos de ellos habían preguntado:

  • ¿Qué dijo?

Pero invariablemente los que habían asistido contestaban:

  • No somos capaces de explicártelo, hay que escucharlo de su propia boca… Pero cuidado: si decides venir y pregunta si sabes qué ha venido a decirnos, hay que contestar que sí.

Nasrudín, de pie ante el público, seguía sin saber qué decirles, así que insitió en su táctica:

  • Supongo que ya sabéis lo que he venido a deciros.

La gente, alertada, no quería ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; de modo que todos dijeron:

  • Sí, claro, por supuesto que lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudín, con la cabeza abatida, añadió entonces:

  • Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decir, no veo la necesidad de repetirlo.

Se dio la vuelta y se volvió a marchar. El público se quedó estupefacto, ya que aunque en este caso habían contestado todo lo contrario de la primera vez, el resultado había sido exactamente el mismo. Después de un tenso silencio, otra vez alguien gritó:

  • ¡Brillante!

Era uno de los que había estado el día anterior y que ahora no quería dejarse ganar. Intentaba establecer que, esta vez, se había dado cuenta del mensaje antes que nadie. Y cuando “los nuevos” oyeron que alguien había dicho “¡brillante!”, no quisieron qeudarse atrás:

  • ¡Qué maravilloso!
  • ¡Qué espectacular!
  • ¡Qué sensacional, qué estupendo!

Uno de los que sí había estado el día anterior se puso de pie y anunció:

  • ¡Claro que es estupendo, es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer! -intentando con esta frase marcar la diferencia de sabiduría con los que venían hoy por primera vez…

Todo se transformó en un gran aplauso, hasta que algún otro dijo:

  • Fantástico sí, pero… Demasiado breve.
  • Es cierto -se quejó otro.
  • Capacidad de síntesis -justificó el experto que había hablado antes.

Y de inmediato se oyó a varias voces gritar:

  • Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos ofrezca más de su sabiduría!

Una delegación de notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no merecía el elogio de ser invitado a dar tres conferencias y que, además, debía regresar ya a su ciudad.

Le imploraron, le suplicaron, le rogaron una y otra vez; invocaron a sus ancestros, a su progenie, a todos los santos, le pidieron que diera la conferencia en nombre de lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó, un poco inquieto, dar una tercera y definitiva conferencia.

Una verdadera multitud se había reunido. En esta ocasión, la gente se había puesto de acuerdo: nadie debía contestar lo que el maestro preguntara. Si hacía falta una respuesta, el alcalde del pueblo sería el portavoz. Él contestaría en nombre de todos.

Por tercera vez de pie ante el público, Nasrudín dijo:

  • Supongo que ya sabréis lo que yo he venido a deciros.

El alcalde, desde la primera fila, se puso en pie, giró para dirigir una mirada cómplice al pueblo y casi desafiante dijo:

  • Algunos sí y otros no.

En ese momento se produjo un largo aplauso que estremeció el auditorio. Luego todos hicieron silencio y las miradas se posaron en el maestro. Nasrudín respondió:

  • En tal caso, que los que saben les expliquen a los que no saben.

Y con un giro casi teatral… se fue.

Este cuento es original de Idries Shah, y esta versión pertenece a Jorge Bucay.