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Los Soterrados
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Debido a su piel clara y a sus delicados rasgos, muchos eran los que trataban a Blancanieves con la misma incómoda precaución con la que se trata a una muñeca de porcelana, y su éxito año tras año en “Miss la más blanca de toda la procesión” sólo servía para empeorar las cosas. La gente daba por supuesto que su belleza había absorbido cualquier brillo de intelecto, y también daban por hecho que, debido a su belleza y a su estatus de princesa, tenía que ser engreída.

Así pues, Blancanieves estaba más bien sola, y no se veía capaz de confiarle a su madrastra, la reina, este sentimiento de soledad. La reina Jacqueline había oído decir que la posición de madrastra implicaba ser malvada, de modo que hizo todo lo que pudo por darle vida a esa imagen.

En un resplandeciente día de verano y mientras daba un paseo por el bosque, Blancanieves dio con una pequeña cabaña. La curiosidad era grande en ella, de modo que echó un vistazo a hurtadillas por la ventana y vio una mesa con siete sillitas de madera. Percibió el aroma de un guiso, que hervía a fuego lento en la cocina, y no pudo resistirse a la tentación de entrar en la cabaña para probarlo. Pero, cuando tomó el cucharón, oyó un silbido, y vio entrar a siete hombrecillos diminutos en la cabaña. Los hombrecillos miraron a la princesa y ella los miró a ellos. Sería difícil saber quién de todos estaba más sorprendido.

  • Soy Blancanieves -dijo ella tímidamente.
  • Sí que estáis blanca, querida -respondió el jefe del grupo-. Pero quizás sea conveniente que os echéis un rato, hasta que recobréis el color en las mejillas. No nos gustaría que dierais con vuestra bella faz en nuestro guiso.

Blancanieves les dijo que era así como se llamaba, y los pequeños caballeros la saludaron diciéndole de corrido el apodo de cada uno.

  • No debe de ser fácil llevar nombres como esos a todas horas -dijo Blancanieves compadeciéndose-. Me he gastado una fortuna en protectores solares con el fin de mantener mi imagen de Blancanieves, y llevo años sin poder ir a la playa. En realidad, mi verdadero nombre es Lisa. ¡Hace tanto tiempo que no lo oigo que casi me he olvidado de mí misma!

Blancanieves les pidió a los hombrecillos que le dijeran sus nombres de pila, con el fin de no adoptar idea preconcebida alguna acerca de ellos. Les dijo que a ella la solían encasillas a causa de su nombre y de su aspecto, y que no quería cometer con ellos el error de prejuzgarlos. Los hombrecillos dejaron ir un suspiro de alivio, y después le dijeron sus nombres de pila.

Le contaron que los aldeanos habían obligado a todos los enanos a vivir marginados debido a que su aspecto les molestaba. Ethan comentó que, aunque era licenciado en medicina, se había visto obligado a trabajar en las minas debido a que la gente decía, “eso es lo que tienen que hacer los enanos”. Y, luego, rechinó los dientes y reprimió su ira, como era habitual en él.

  • “Enano” es una palabra horrible -dijo Lisa-. Me trae a la cabeza a esos gnomos horteras que ponen de adorno en el césped, junto a flamencos rosados en los jardines de delante de las casas.
  • Nosotros preferimos que nos llamen “soterrados” en vez de “enanos” -dijeron ellos al unísono.
  • -Bueno, no creo que os haga falta utilizar ningún tipo de etiqueta -dijo Lisa.

Doug, que estaba de pie detrás de todos, se puso a contarle su historia a Lisa.

  • Cuando era niño, padecía una forma leve de dislexia que me impidió llevar el ritmo de lectura del resto de mi clase. Los niños empezaron a decir que era estúpido, e incluso empezaron a llamarme con este terrible apodo que llevo sujeto a mí desde entonces. Y al final empecé a creer que era tonto de verdad.

Uno tras otro, los hombrecillos les contaron de qué modo habían ido cayendo en el papel que la gente esperaba de ellos. Larry le contó que el miedo al mal humor de su padre había llevado a todos en su familia a mostrar una fachada permanente de felicidad, con el fin de que no se enfadara; y dijo que había arraigado tanto en él la idea de complacer a los demás, que muchas veces perdía de vista sus propios sentimientos y emociones verdaderas.

Gary, al que se le había etiquetado como persona de actitudes negativas, comentó que el miedo al rechazo solía llevarle a mantener las distancias con la gente.

  • Los demás no podrán hacerme daño, si no dejo que se acerquen a mí -gruñó Gary.

Lisa le explicó a Gary lo importante que era arriesgarse al rechazo con el fin de ganar en confianza y en amor, pero Gary siguió mostrándose escéptico.

Lisa se dio cuenta de que Donald estaba dando cabezadas, aún estando de pie en un rincón.

  • ¿Siempre está así? -preguntó Lisa.
  • Sí. Siempre está cansado -respondió Gary-. Él es así.
  • No creo que exista nadie así -dijo Lisa-. Creo que lo que Donald necesita es pedir cita con un especialista, para ver si es narcoléptico o si sufre del “síndrome de fatiga crónica”. Puede que tenga algo que sea verdaderamente peligroso para su salud.

Donald se despertó y medio atontado dijo estar de acuerdo con Lisa. Luego, estuvieron hablando todos sobre lo importante que era enfrentarse a las limitaciones físicas, en vez de aceptarlo todo como un obstáculo insalvable.

Greg, que había estado sorbiéndose los mocos durante toda la conversación, anunció que lo primero que iba a hacer el lunes por la mañana sería ir a ver a un alergólogo, porque estaba cansado de hacer el papel de víctima. Dijo que sus ataques de estornudos le habían permitido conseguir algo más de atención del resto del grupo, y que eso le había llevado a no resolver su problema. Lisa le animó a que buscara la atención de los demás de formas más positivas, y Greg pareció tranquilizarse.

Otro de los hombrecillos, que había estado todo el rato sentado en una esquina, se acercó a Lisa y le tendió la mano.

  • Yo soy Chase -dijo-. Nunca hablo con extraños debido a que soy tímido por naturaleza, pero quiero darte las gracias por haber venido. Ya sabes, hablar contigo no me ha resultado tan difícil como yo creía que iba a ser.
  • Eso está muy bien -dijo Lisa-. El miedo a lo desconocido es casi siempre mayo que el miedo que sentimos cuando nos enfrentamos a las dificultades.
  • ¿Tú tienes miedo de algo, Lisa? -preguntó Chase.

Lisa lo pensó por un momento y, luego, respondió:

  • Supongo que debería darme este consejo a mí misma, porque he estado escabulléndome de mi madrastra durante años. No creo que haya nadie que se sienta valiente por naturaleza. Las personas valientes son aquellas que aprenden a alcanzar sus objetivos y a abordar los obstáculos a despecho del miedo que puedan sentir. Creo que, cuando vuelva a casa, me voy a sentar a hablar con mi madrastra. Quizás no sea tan terrible como yo imagino. Después de todo, hoy me ha ofrecido amablemente una manzana para el almuerzo.

Y justo en este momento, llamaron a la puerta de la pequeña cabaña. Lisa abrió la puerta de la pequeña cabaña. Lisa abrió la puerta y se encontró con un apuesto joven montado sobre un caballo blanco.

  • Buenas tardes señorita. Soy el príncipe Encantador, y debo haberme equivocado de camino en alguna parte. ¿Me podría indicar cómo se va a los almacenes de armaduras de Ed?
  • ¡Encantador! -repitió Lisa-. ¡Qué nombre más bonito!
  • Bueno, a veces es un fastidio -dijo el príncipe-. Siempre se espera que diga o que haga algo encantador y no consigo quitarme el miedo de usar el tenedor equivocado durante la cena. Hay veces en que, simplemente, me gustaría comer con las manos.
  • Entre -dijo Lisa-. El almuerzo está listo, y le prometo que no le voy a juzgar si pone los codos en la mesa o si sorbe ruidosamente el caldo del guisado.

El príncipe se zampó varios platos de guisado sin usar utensilios, y terminó la comida con un sonoro eructo.

  • ¡Encantador! -dijo Blancanieves pensativamente.

Sue y Allen Gallehugh