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Las Palabras de Juan
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Había una vez un muchacho de unos 13 años que vivía en un pueblo lejano donde salía poco el sol. Era un chico normalmente amable, callado, cuando hablaba lo hacía en bajito, hablaba poco, aunque tenía muchas cosas que decir. Sentía mucha vergüenza cuando estaba con otra gente, sentía miedo cuando otros gritaban, creía que los demás eran más fuertes que él, aunque medía un metro noventa y era de complexión fuerte. Le daba vergüenza decir cosas en clase porque creía que sus compañeros se reirían de él. Desde muy pequeño se había sentido solo, de hecho nunca había tenido lo que se podía llamar un amigo, y conforme fue creciendo fue aumentando este sentimiento de soledad y, al mismo tiempo, fue invadiendo su mente una gran tristeza.

Cuando alguien le preguntaba: ¿Cómo estás? ¿Cómo van los estudios? O cualquier otra cosa sus respuestas no eran más largas de sí, no, bien, vale, bueno… con un hilillo de voz o bien bajaba la mirada ruborizado y asentía con la cabeza o mostraba una mirada que quería perderse y perderse…

Después de las clases volvía a casa con prisas evitando encontrarse con alguien. A veces cuando se enfadaba, se ponía furioso pero cuando nadie lo veía. No sabía porqué no tenía amigos, él siempre había sido un chico amable y respetuoso con los demás, pero lo cierto era que cuando estaba con otros niños sólo sabía decir sí y no, los niños se cansaban de él y se alejaban. El muchacho sufría mucho y cada vez le daba más miedo acercarse a los demás. No sabía cuál era su mal, cada día se miraba al espejo para encontrar en él la causa del rechazo. Nadie sabía de la gran potencia de sus miedos ni de su sufrimiento; conforme crecía aumentaban y no encontraba ninguna solución.

En su último cumpleaños le regalaron una bicicleta pero no sabía montar y pensaba que nunca aprendería. Qué rabia, parecía que para los otros era facilísimo. Probó a pedalear pero perdía el equilibrio y se caía una y otra vez. Y esa torpeza aumentaba su congoja porque él imaginaba que si podía montar en bicicleta podría ir por ahí con los demás, podría acercarse a ellos y compartir aquellos buenos ratos de diversión, aquellas correrías de las que tanto hablaban sus compañeros de clase; podría, al fin, se uno más. Simplemente eso, ser uno más entre todos. Lo intentaba, pero no lo conseguía: cuanto más empeño ponía en cada intento el batacazo era más gordo, notaba que se ponía más y más rígido, ya ni se acordaba de aquellos consejos que le habían dado. Al rato, magullado y dolorido, se dio cuenta de que algunos chicos miraban sus torpes intentos y no hacían más que partirse de la risa. No oía lo que decían ni entendía las burlas, pero aquello fue definitivo: la cara se le puso como un tomate y no fue capaz de volver a subir a la bicicleta. No lo haría más, le daba vergüenza que lo vieran montar en bicicleta.

Transcurridos unos días se le fue pasando el sofoco. Le costó, pero acabó decidiendo volver a probar, aunque en esta ocasión buscaría un sitio más alejado, donde nadie pudiera verle. Así que inspeccionó las afueras del pueblo hasta encontrar un lugar adecuado. Allí, solo, haciendo de tripas corazón, montó en bicicleta. Pero ni siquiera tener tiempo de impulsar la primera pedalada vio a un niño más pequeño que jugaba con un monopatín.

  • Vaya, se dijo, ni aquí voy a poder estar tranquilo. ¡Qué fastidio!

Tan sorprendido estaba de la presencia del otro chico que apenas se dio cuenta de que éste, tras hacer una extraña pirueta, cayó al suelo y se quedó inmóvil. ¡Vaya porrazo!, pensó, pero enseguida le vinieron a la cabeza las escenas de la otra vez y empezó a enfadarse por momentos.

  • ¡Venga, no disimules que te he visto!, gritaba para sus adentros mientras, en uno de sus accesos de furia, se dirigía hacia el intruso. – ¡Ya está bien de reírte de mí! Pensaba una y otra vez.

Cuando llegó junto a él vio que el muchacho no se movía, pero empezó a gritarle, dando rienda suelta su descomunal enfado. Nada, ni caso, el niño no reaccionaba. Le tocó y se dio cuenta de que estaba inconsciente.

Sin pensarlo, el muchacho montó en la bicicleta y se fue a toda velocidad a pedir ayuda. Pasados unos minutos se percató de que iba pedaleando y, al darse cuenta, casi se cae; pero se sobrepuso a su miedo, volvió a acordarse del niño del monopatín que se había quedado allí desmayado y las ganas de ayudarle le dieron nuevas fuerzas e hicieron que volviera a pedalear a toda pastilla, sin hacer caso de nada más. Entre unas cosas y otras, se estaba haciendo de noche, no lo había notado pero casi no veía el estrecho camino que conducía la pueblo. Menos mal que ya habían encendido el alumbrado público y, a lo lejos, se divisaba el tenue resplandor de las primeras farolas. Con la escasa iluminación el niño apenas iba sorteando las piedras y los baches, rodaba tan concentrado en esquivarlas que no recordaba su escasa pericia ciclista. En esto, se produjo una especie de destello y el lejano resplandor se extinguió.

  • Vaya, nos hemos quedado a oscuras y, encima, no sé montar en bici, masculló en voz alta.

Cuando fue consciente de lo que había dicho perdió el equilibrio y fue a parar a la cuneta. En medio de la oscuridad, con la bicicleta en el suelo y un fuerte dolor en el hombro, tuvo otro acceso de furia y se sentó, llorando, en el terraplén del camino.

  • Ni esto sé hacer, no puedo ayudar a nadie, no sirvo para nada, se decía entre sollozos. Se levantó, cogió la maltrecha bicicleta y echó a andar. – Así no llegaré nunca y el niño sigue tendido en el suelo… pero, bueno, si he llegado hasta aquí puedo continuar, sepa o no montar en bici he de encontrar ayuda.

Titubeando, volvió a ocupar el sillín y emprendió un inseguro pedaleo. Con cuidado, para no volver a caerse. Notó que le dolía mucho el hombro y que casi no podía mover la mano.

  • Da igual, si no sé frenar… tengo que seguir.

Poco más adelante empezó a divisar unas luces extrañas que se movían, unos haces de luz que se desplazaban en todas las direcciones y estuvo a punto de caerse de nuevo, pero pudo mantener la posición agarrando firmemente el manillar, hasta que también empezó a oír unas voces qe gritaban un nombre desconocido para él. Sin duda eran los padres del niño herido que, preocupados por su tardanza y asustados por el apagón habían salido a buscarle. Al doblar un recodo vio a varias personas que, provistas de linternas, escudriñaban la oscuridad y nombraban al muchacho.

  • Así que era eso, los rayos de luz eran las linternas… por fin he llegado.

Apenas tuvo tiempo de gritar, exhausto del esfuerzo y de la tensión. Lo había conseguido y se dejó llevar, con tanta satisfacción que se olvidó de que conducía una bicicleta y que no sabía montar… así que se pegó el último trompazo. Como en un sueño, se levantó sin notar siquiera si se había hecho daño y comenzó a contar a los adultos que se acercaban a él todo lo que había pasado y donde estaba el niño al que buscaban. Después respiró hondo: sabía montar en bici, ¡qué pasada!

Gracias a su valentía llegó la ayuda necesaria para el niño, sus padres se lo agradecieron de todo corazón.

Al regreso hacia su casa notó una sensación extraña que crecía en su interior: entonces la expresión de su cara cambió. ¡Sabía montar en bicicleta como los demás! A partir de entonces la cogía y se perdía por los caminos. A veces, cuando veía un grupito de niños en bici se unía un rato a ellos mientras pedaleaban, pero en cuanto dejaban las bicis y se ponían a hablar con él ya no sabía lo qué tenía que decir… Si le miraban o le preguntaban algo aparecía ese calor en la cara que tanto le agobiaba y que le hacía sentirse diminuto.

Así transcurrieron unos meses y llegaron las vacaciones que ansían la mayoría, pero que para él era empeorar porque ya no veía a sus compañeros de clase; a él nadie iba a buscarlo y era incapaz de tomar cualquier iniciativa para contactar con sus compañeros. En esas fechas su mundo de relaciones eran su madre y él parecía una lapa pegado a ella. Cuando no estaba con ella pasaba largas horas en su habitación, su juego preferido al que dedicaba muchas horas era rebotar contra una pared una pelota de tenis. Era su manera de descargar su tormento. Entonces el paso del tiempo se hacía insoportable hasta el punto de castigar a todos los relojes a su vista cara a la pared para no ver que sólo habían pasado unos minutos. Su sentimiento de soledad y de bicho raro se hacía más grande y su tristeza era entonces desgarradora.

Un día su madre enfermó. Le entró un miedo enorme. Su madre era la única persona que lo entendía un poco, aunque no hablara mucho ella sabía lo que necesitaba, lo que quería decir, sabía cómo se sentía, sabía que se sentía solo… Con ella paseaba, con ella hablaba un poco. Era la única persona de la que se fiaba… Su padre era un padre que, como muchos padres, trabajaba demasiado y siempre estaba ocupado.

Su madre se puso tan enferma que tuvo que marcharse al hospital. ¿Qué iba a ser de él? En su cabeza todo se volvía de color negro. Se le quitó el hambre, sólo quería dormir, que pasara el tiempo y no pensar, ahora también estaba solo en casa. ¿Qué pasaría con su madre? Pero los minutos se le hacían horas, las horas días y los días se le hacían tan largos que parecían semanas. Estaba realmente asustado, cada vez dormía menos. ¿Qué haría él sin su madre?

Una noche tuvo un sueño: estaba sentado a la sombra de un árbol fuerte al que poco a poco empezaron a caérsele las hojas. Al principio, solo notaba la molestia que le producían las hojas al caerle encima, sobre todo cuando alguna le daba en la cara, ¡qué incomodidad! Al rato, empezó a sentir un picor en el rostro, miró hacia arriba y vio que el árbol se estaba quedando sin hojas y los rayos del sol le alcanzaban directamente. Era una sensación insoportable: bajo ese árbol sin hojas el sol quemaba demasiado y allí no se podía estar, era necesario buscar otras sombras o de lo contgrario se quemaría. Miró a su alrededor, a lo lejos se vislumbraban claramente otros árboles aunque todos le parecían estar demasiado lejos. ¿Estarán ocupados esos árboles? ¿A quién darán sombra? ¿Como será su sombra? Demasiadas preguntas sin saber su respuesta. El miedo no le dejaba darse cuenta de que el árbol ya no le podía proporcionar nada de sombra y empezaba a quemarse. Entonces se preguntó: “¿Adonde voy a ir ahora? ¿Dónde voy a encontrar refugio? ¿Quién me va a proteger a partir de ahora?”.

El desasosiego le hizo revolverse en el lecho de forma agitada y acabó despertándose, sudando y desconcertado. Se sentó en la cama con la respiracíon entrecortada, no sabía donde estaba, todo era muy oscuro a su alrededor. Pasados unos minutos pudo tranquilizarse y pensó en su sueño: había tenido una pesadilla pero se dio cuenta de que había una parte de claridad en la que veía posibilidades. Existían más árboles aunque le había parecido muy lejanos. Era cuestión de moverse, de caminar y acercarse a ellos. Podía ir deprisa o poco a poco, dependía de sus fuerzas. Lo importante era que había posibilidad de encontrar otras sombras. Es necesario probar:

  • Seguro que algunos árboles me pueden gustar aunque haya otros que me resulten desagradables.

Su sueño le llevó a pensar con qué personas tenía relación. Recordó que hacía un tiempo había conocido a una chica con la que él solo había intercambiado su repertorio habitual: bien, si, no, bueno, vale. Pero ella le había dado su dirección y pensó: escribir es más fácil que hablar directamente. También se animó a salir más en ici y aunque no tuviera mucho que decir, escucharía lo que dicen otros. Le habían hablado que podría aprender trucos para hacer frente a la vergüenza y estaba convencido de que tenía que esforzarse para aprenderlos. Tendría que hacerlo poco a poco pero lo lograría. Creía que no conseguiría montar en bici y ya pedaleaba con seguridad, era cuestión de insitir y no abandonar a la primera dificultad.

Cuando se levantó se sentía más tranquilo, sabía qué podía hacer para empezar a sentirse uno más.

Su madre regresó del hospital ya un poco recuperada y lo encontró cambiado, la mirada se lo decía, su hijo había crecido. Cuando llegaron las siguientes vacaciones ya no le hizo falta castigar los relojes cara a la pared.

  • Ya no necesito ser siempre su sombra -pensó.

En la actualidad nuestro amigo es una persona de pocas palabras: sí, no, bien, vale, bueno, ¡hola! ¿cómo estás?… pero son los demás los que más valoran lo que es tener un amigo que sabe escuchar.

Gema Berenguer