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La Patita que tenía la Autoestima Baja
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Tras un periodo más bien largo de incubación, Mamá Pata se estiró y examinó cuidadosamente a sus recién nacidos polluelos. Se hinchó de orgullo mientras posaba su lánguida mirada sobre sus tres hijas de inocente semblante y sus tres hijos, que tanto le recordaban a su padre. Después, Mamá Pata descubrió un gran huevo grisáceo, que parecía haber rodado fuera del nido.

Sabía que hasta los huevos mejor puestos de gansa y de gallina se extravían con frecuencia y, sin pensárselo dos veces, se sentó sobre el huevo, para luego centrarse en sermonear a sus patitos sobre los puntos más delicados del andar de los patos. Por suerte, las palmas de todos ellos apuntaban hacia dentro, por lo que no hubo necesidad de comprarles calzado corrector.

Tres días después, el huevo tamaño familiar eclosionó y apareció una gran bola de plumas marrones. Mamá Pata le llamó Samantha a aquella tímida criatura, pero todos los demás se referían a ella como “la fea“.

Samantha era tímida y reservada, y hacía todo lo posible por no llamar la atención sobre sí misma, encogiéndose avergonzada cuando alguno de sus hermanos la llamaba “patita fea” delante de los demás. Mamá Pata intentaba proteger los sentimientos de Samantha, pero no le servía de mucho, ya que Samantha había oído por casualidad a su madre diciéndole a una amiga que su hija resultaba más embarazosa para la familia que aquella ocasión en que tío Phil se enamoró de un señuelo de cazador.

Cuando Samantha llegó a la adolescencia, se coló sin esperanzas por las plumas de un ánade azulón llamado Francis Drake, pero él ni siquiera supo que Samantha existiera. Esto no debería resultar sorprendente, puesto que Samantha hacía todo lo posible por desaparecer entre la multitud, y siempre encogía la cabeza y los hombros para disimular su prominente cuello. Francis podría haber sido el único pato en comprender la traumática infancia de Samantha, por cuanto se había tenido que enfrentar a los ridículos más despiadados por parte de otros patitos que se divertían a costa de su nombre. Sin embargo, Francis aprendió a no tomarse estas observaciones como algo personal, e incluso aprendió a reírse de su nombre en compañía de sus amigos, lo cual le devolvíó la fortaleza personal.

Por desgracia, Francis no salió con vida de la siguiente temporada de caza. Sus amigos vieron al cazador e intentaron advertir a Francis, pero cuando un ánade grita “¡Pato!”, nadie presta atención. La afligida Samantha decidió abandonar el estanque y emprender el vuelo. Mientras se alejaba de su hogar, seguía oyendo los comentarios negativos acerca de su fea apariencia repitiéndose una y otra vez en su cabeza. Samantha se encontró con una bandada de gansos. Un ganso ciertamente chic llamado Liv R. Paté le dijo con un fuerte acento francés a Samantha que la bandada estaba migrando hacia la Riviera para pasar el invierno, y todos dieron la bienvenida a Samantha para que se uniera a ellos. Por su parte, Samantha no dejaba de hablar y hablar de lo horrible que debía parecerles, y les dijo a los gansos que no quería su compasión. Los gansos, que se cansaron con rapidez de la quejumbrosa Samantha, hicieron una formación en V y se alejaron de allí rápidamente.

A medida que se aproximaba el invierno, Samantha comenzó a dirigirse instintivamente hacia el sur. En su camino, divisó las hermosas aguas del Lago de los Cisnes y descendió para verlo mejor. Se quedó asombrada al encontrarse con las aves más hermosas y gráciles que jamás en su vida hubiera visto, y la curiosidad, que terminó siendo más fuerte que su temor, la llevó a acercarse a siete cisnes que estaban nadando allí cerca. A los cisnes se les escaparon algunas risitas tontas cuando Samantha lanzó su bien ensayada apología por su apariencia física. Y cuando Samantha inclinó la cabeza y dejó caer los hombros como acostumbraba hacer, las claras y cristalinas aguas del Lago de los Cisnes le reflejaron su propia imagen. Era la primera vez que se veía. Enderezó los hombros, levantó la cabeza y contempló su elegante cuello. Desgraciadamente, Samantha llevaba años peleando con los comentarios negativos de su familia y con una imagen corporal conformada a la imagen de la pata ideal, por lo que no dejó de ver a la “patita fea”.

Los cisnes consiguieron persuadir a Samantha para que se quedara con ellos y, después de un lento proceso lleno de cariño y de aliento, pudieron demostrarle a Samantha que no sólo era un hermoso cisne hembra por fuera, sino que también estaba llena de belleza y amor por dentro. Con el tiempo, la pobre imagen que Samantha tenía de sí misma comenzó a cambiar, y empezó a ganar en autoestima y en confianza en sí misma. Cultivó muchos intereses novedosos y aprendió a cantar, realizando una interpretación impresionante de Bajando por el río de los Cisnes. Se ofreció voluntaria para ayudar a los cisnes adolescentes desamparados, y resultó muy valiosa para aquellos que se enfrentaban a problemas de autoestima en sus desgarbados años de adolescencia. Posteriormente, Samantha se casaría y empollaría un gran familia de polluelos de cisne, a los cuales alimentó y amó. Tuvo seis hijas y un solo hijo, que por cierto inventó la primera cena fría de la televisión.

Sue y Allen Gallehugh.