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La Importancia del Contacto
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5 marzo 2008 - 11:00, por , en Psicología Positiva, 1 comentario

La sabiduría popular señala en ciertos contextos que “solo valoras algo cuando ya lo has perdido”. Generalmente se utiliza esta expresión para hacer referencia a determinadas pérdidas: una relación de pareja, un trabajo, un objeto preciado… Pero, qué ocurre con aspectos de nosotros mismos?

Los seres humanos estamos dotados de una serie de capacidades cognitivas que nos permiten recordar el pasado y planificar el futuro, lo cual resulta tremendamente útil en el proceso de aprendizaje, y muy adaptativo para afrontar situaciones del día a día. Lo malo es que podemos llegar a vivir permanentemente en esos dos constructos, pasado y futuro, y caer en una trampa habitual: dejar de vivir el presente. De este modo, al desconectarnos de lo único que tenemos (el presente) también conseguimos bloquear la posibilidad de conectar auténticamente con los demás y, lo que es peor, con nosotros mismos.

Muchas personas viven recordando su brillante pasado, y se presentan ante los demás como “el que hizo”, “el que una vez…”, etc. En lugar de disfrutar de sus recuerdos, los utilizan para transformar su realidad en una sensación de permanente melancolía, a partir del argumento: “cualquier tiempo pasado siempre fue mejor”. Otras personas, sin embargo, postergan su felicidad en un momento futuro, cuando consigan un ascenso, cuando nazca su hijo, cuando encuentre pareja, etc… Estas personas convierten su presente en un lugar sombrío que no está a la altura ni del pasado ni del futuro, impidiéndose a sí mismos conectar con lo bueno que les sucede a diario. Ni siquiera lo perciben.

Si mantenemos esta pauta a lo largo del tiempo corremos el riesgo de desconectarnos de partes de nosotros mismos que son tremendamente importantes, al tiempo que nos comienza a resultar difícil mantener relaciones satisfactorias con los demás. Y reforzamos nuestra tendencia, porque recordamos lo maravillosa que era esta relación antes, o bien lo “perfecta” que será mi vida cuando esta relación se consolide, o llegue a ese lugar que yo considero la felicidad. Mientras me lamento de las diferencias con el pasado y sueño con la “perfección” de ese futuro, me estoy perdiendo la oportunidad de conectar con el otro que tengo delante, percibir que ese momento es lo único que existe ahora mismo, y que disfrutarlo es el camino para transformar la relación en un encuentro satisfactorio (pasado, presente y futuro).

Si hemos mantenido esta tendencia durante mucho tiempo, es posible que tengamos dificultades incluso para darnos cuenta de que no vivimos el presente, de que nuestras relaciones ya no son auténticas. La única pista que tenemos de que algo sucede es que ya no somos capaces de disfrutar de las relaciones. ¿Qué ocurre? ¿Dónde está el problema? Muchas personas buscan la explicación menos comprometida y culpan al otro, directa o indirectamente, de esta situación; dicho de otro modo: te culpo a ti por mi incapacidad para disfrutar de nuestra relación.

El problema de fondo, en muchas ocasiones, es que hemos perdido la conexión con nosotros mismos, con nuestra parte más genuina, auténtica y creativa, esa parte de nosotros mismos que se da permiso a ser quien es y a compartirlo con los demás. Al habernos desconectado, no somos capaces tampoco de percibir nuestra responsabilidad en el proceso de pérdida; sentimos algo, pero no sabemos ponerle nombre, lo que genera aún más confusión.

Cada persona guarda en su interior la capacidad de conectar consigo misma y volver a disfrutar del presente. Cuando lo hacemos, situamos el pasado y el futuro en el lugar que les corresponde y entonces podemos recordar y planificar sin engancharnos a otras personas. Vivir el presente supone darle continuidad a ese que fuí ayer, al que soy ahora y al que seré mañana.

No hay reglas establecidas que dicten cómo podemos volver a contectar con nosotros mismos de nuevo. Pero sí es verdad que muchas personas coinciden en señalar una opción que les ha devuelto a sí mismos: el contacto. Dicho de otro modo, hay personas que han podido volver a disfrutar del presente e iniciar un proceso de autoconocimiento a través del contacto con los demás, del encuentro con otro significativo.

A algunas personas les resulta difícil explicar el momento en el que vuelven a conectar consigo mismas a través de un encuentro auténtico con otra persona. Hay algunos elementos interesantes que pueden explicar el fenómeno, aunque todos ellos parten del mismo lugar y, al tiempo, desembocan en ese mismo sitio: la intimidad.

Quiero compartir con vosotros la experiencia de alguien que pasó recientemente por este proceso; así lo relata: “Sentí como si el Ave Fénix prendiera de nuevo la llama de mi corazón; recordé muchas sensaciones que pensaba que no volvería a sentir y comprendí lo confundido que estaba; había una parte de mi que había olvidado y era precisamente lo que me impedía disfrutar de todo lo que hacía. En cierto modo, en ese momento, volví a nacer“. La clase de contacto que puede generar una narrativa como la que acabamos de leer es único; es un contacto que nos coneccta con nosotros mismos de nuevo, y que solamente se produce dentro de un encuentro auténtico entre dos personas.

El contacto físico con el otro, a través de un abrazo, o bien cogiéndole la mano, incluso mirarle a los ojos, puede devolvernos al presente y conectar con partes de nosotros mismos que creíamos olvidadas. Ese contacto inicia un proceso que parte de lo sensorial, la percepción de mi piel unida a la del otro, continúa con la generación de una emoción, y termina con la creación de un significado atribuido al encuentro. Todo esto sucede en el presente, aquí y ahora. Dejamos de recordar y planificar, y pasamos a ser solamente quienes somos, auténticamente.

De pronto descubro que yo soy esa emoción, que esa capacidad de conectarme a mí mismo y de no perderme en el día a día sigue siendo mía. Porque una de las razones que explican porqué me desconecto de mí mismo es precisamente el hábito aprendido, y socialmente compartido, de desvincularme de mis emociones; al considerarlas como fuente de problemas, y relevarlas a un segundo plano, renunciamos a una parte de quiénes somos.

Una vez he recuperado la capacidad de estar conectado conmigo mismos, puedo escuchar mejor mis deseos, me relaciono de forma más sana con el pasado y con el futuro, dejando de exigir que las cosas hayan sido de otro modo, de pretender que mi felicidad sea alcanzable al llegar a algún lugar del futuro. En ese momento, tal vez, sea capaz de darme cuenta de la oportunidad que el presente me regala: la oportunidad de descubrir quién soy en cada momento, de conectar con otras personas provocando encuentros significativos, de ser creativo y disfrutar de ello.

Tony Corredera.

Director de Crecimiento Positivo

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