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Edian
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Edian había trabajado duro durante todo el día, durante toda la semana o quizás durante todo el tiempo que podía recordar. Su jardín era para él una actividad a veces placentera, a veces dolorosa, que habia descubierto recientemente, sinsaber muy bien cómo, pero que le permitía, por primera vez en su vida, hacer algo por el simple placer de hacerlo, ver de primera mano el fruto de su esfuerzo y, sobretodo, vivir.

Tras muchos años, demasiados quizá, dilapidando generosamente su vida en actividades más o menos placenteras, que una vez finalizadas jamás le colmaban, había conseguido una buena posición económica junto a un infarto considerable que casi acabó con sus ya de por sí menguadas fuerzas. Así, cediendo a las presiones que por todos lados se le presentaban, se retiró a una casa pequeña pero confortable que tenía adosado, en su parte trasera, un pequeño jardín que pudo vislumbrar tras ingentes cantidades de restos abandonados de toda índole y condición.

Haciendo caso omiso de las recomendaciones acerca del reposo y descanso obligatorio, y buscando una forma de sentirse útil y activo, comenzó a limpiar ese pequeño espacio, trabajo que pensó no le llevaría demasiado tiempo pero que según avanzaba creyó le llevaría toda una vida.

Mientras el sol terminaba de retirarse a sus aposentos en el horizonte, recordaba el impacto que le supuso comprobar cómo, una vez limpio, lo que parecía un recoleto jardín, en realidad era un espacio amplísimo, enorme, que a veces, no sabía bien si fruto del cansancio, la sed o el sol, parecía no tener límites. En ese momento decidió que iba a cultivarlo. No sabía bien qué o quién lo decidió, si fue él mismo o algo en su interior que pareció reconocer en esa tierra humilde y sencilla, una imagen propia, cercana, pero sin pensarlo demasiado se puso inmediatamente a la tarea.

Primero pasó un tiempo desbrozando, eliminando hierbajos, pues los muchos años de abandono y descuido cobraban su tributo. Ese tiempo de limpieza le llevó más de lo que pensó en un primer instante ya que, según terminaba de arrancar y extirpar las malas hierbas, parecía como si otras nuevas ocupasen el lugar que segundos antes había despejado.

Sin saber bien por qué ni cómo, volvía una y otra vez a relimpiar, a regar con gruesas gotas de sudor que manaban de su frente esa tierra que, en algunas ocasiones, acompañaba con sensaciones de intensa felicidad y en otras de puro dolor por el trabajo realizado.

No podía parar, y aunque lo intentó en diferentes momentos y épocas, algo le impulsaba a continuar trabajando, disfrutando, a conseguir que ese pequeño terruño cobrase vida o, mejor dicho, recuperase la que siempre había tenido ahí, oculta, aparentemente inexistente pero deseando ser útil, servir y, como sentía a veces en su interior, simplemente Ser.

Curiosamente, cuando terminó por fin ese trabajo tras tantos días y noches casi sin descanso y alimento, vio que no estaba cansado; más aún, se sorprendió al notarse más fuerte que nunca, feliz, contento sin causa aparente. Y, por primera vez en su vida, dio gracias, en voz alta, clara y potente, no sabía bien a qué o a quién, ya que jamás se había planteado cuestiones de índole religiosa o espiritual, pero ahora le pareció algo tan natural como la tierra que tenía bajo sus pies.

Y pensó sobre qué cultivaría en esa tierra. No podía tomar esa decisión a la ligera tras tanto esfuerzo; debía ser algo muy especial, algo que mereciese ser plantado allí, que recompensase en algún modo el esfuerzo invertido… Y de repente lo supo: Verbena. Plantaría Verbena. No sabía bien qué era la Verbena, pero imaginaba que tras tanto trabajo realizado, debería ser una planta exuberante, grandiosa y hermosísima.

Bajó al pueblo más cercano pero, por más que preguntó, nadie tenía un esqueje que poder venderle o regalarle. Le ofrecieron otras plantas, variadas y de diferentes colores y tamaños, pero no las sentía tan propias como la que buscaba, ya casi desesperadamente. En la droguería del pueblo le comentaron que una vez tuvieron una pequeña maceta de verbena, pero hacía tiempo que la regalaron a un anciano que se interesó por ella; antiguamente abundaba en grandes extensiones, sobre todo en los bordes de los caminos, y nadie la quería, considerándola incluso algo vil y despreciable. No obstante, le dijeron, guardaban un diminuto cartel con una pequeña foto de la planta, que le dieron, sin pedirle nada a cambio.

Abatido, regresó a su terruño observando la imagen y leyendo los detalles que sobre la planta contenía la fotografía, comprobando que, al parecer, no era lo que imaginaba: “solo” treinta, o a lo sumo sesenta, centímetros de altura, tallos erectos y cuadrados y además áspera al tacto, de flores diminutas.

No terminaba de instalarse la desilusión en su interior cuando le pareció que al principio de su parcela, justo en el borde que separaba el jardín del resto del terreno, había algo; se acercó y estupefacto miró al suelo y al mismo tiempo la foto que llevaba, alternando ambas visiones una y otra vez: “¡No puede ser!, ¡no puede ser!, conozco cada palmo de esta mi tierra y hubiese jurado por mi vida que estaba despejado“.

Pero la realidad era inapelable. Allí, en el primer centímetro cuadrado de tierra había una humilde y pequeña plantita de verbena. “Tanto buscar desesperadamente y estaba aquí mismo, a mi lado. Ahora la plantaré bien, sacaré esquejes y crearé un jardín como jamás se ha visto, única y exclusivamente dedicado a la verbena“.

Todo eso recordaba en ese atardecer, la ilusión con la que tomó del suelo la Verbena, con qué cuidado y mimo obtuvo los esquejes para poder trasplantarla, cómo, cuando colocaba uno, comprobaba asombrado que otra pequeña plantita estaba a un palmo de terreno más allá. “En realidad, había más verbena de la que pensaba…, ¿en qué estaría pensando para no haberme dado cuenta antes?“, meditaba sorprendido…

Más ahora, el cansancio que jamás tuvo anteriormente, pareció apoderarse de todo su ser; por más que lo intentó, no logró que ninguna de las plantitas creciese, floreciese, viviese. Abatido, cayó al suelo y, mientras pensaba que se había al seguir una intuición tonta y absurda, pensó: “vaya planta despreciable y vil que ni siquiera teiene el detalle de recompensar mi esfuerzo siquiera con una pequeña flor“. Le pareció que se quedaba dormido, justo cuando unas lágrimas, por primera vez en su vida, resbalaban por sus mejillas depositándose en el suelo bajo sus pies.

De repente todo se volvió luz, algo rojiza como el sol cuando visita el ocaso; y, en el centro de esa luz, apareció otra más resplandeciente, blancuzca, que casi apagaba la primera; y, a su vez, en el centro de esta última, se comenzó a vislumbrar una especie de trono donde una hermosa dama negra de ajustado vestido, estaba sentada majestuosamente, portando en su cabeza un pequeño trono, a imitación del qu ela recogía. Era como si lo de arriba y lo de abajo fuesen una sola cosa.

La bella Dama se puso de pie y, penetrándole con una mirada incontestable, profunda, insondable, ante la que era imposible esconderse, disfrazarse, pues parecía que visitaba todas y cada una de las fibras de su Ser por igual, comenzó a hablarle así:

  • Edian, Edian, Edian…, no desfallezcas ni pierdas tu ilusión; no dejes que, tras tanto empeño limpiando y cuidando tu jardín, ahora se instalen de nuevo malas hierbas en ti. Tras tanto esfuerzo, tras tanto tiempo en contacto con la tierra, estudiando y observando la naturaleza, ¿aún no has aprendido a conocerla? ¿Acaso el árbol más hermoso, grande y frondoso del bosque no surge de una pequeña y casi inapreciable semilla? Si lo piensas bien verás que, a menor tamaño, a más humildad en su presencia, mayor es la recompensa, más crecimiento y por lo tanto más esencia. Tú aún no lo sabes, pero yo he llorado y mis lágrimas son las que lloró Juno, las que sirvieron de Sangre a Hermes y Mercurio, y esas lágrimas, son las que has elegido para plantar, pues la Verbena está formada de ellas: ¡es pura tierra!, por eso casi ni la viste, aunque en realidad siempre había estado allí, junto a ti, a tu costado, como una ayuda desconocida pero propia, inseparable.

Ahora bien, esa humildad, bendito abono, necesita de recogimiento, de oscuridad, cuando el padre y la madre están recogidos, aparentemente ausentes. En ese momento, en esa noche oscura, es cuando más a gusto me siento y más generosamente me doy. Tú has llorado y por lo tanto me has llamado, me has regado y yo ahora me entrego a ti. Conmigo, con mi pequeña Verbena que ahora te doy, serás invulnerable, el mal no podrá atacarte y todas tus cosechas erán abundantes. ¡No es mal fruto para tan pequeña semilla! Soy tuya y tú eres mío. Ni siquiera arrancándote un brazo, desmembrándote, me perderás porque te recompondré, más fuerte que antes. Hijo mío, mi hermano, mi esposo, ya estamos juntos y nada ni nadie podrá separarnos de nuevo jamás.

Poco a poco, la imagen se fue difundiendo y le pareció que despertaba suavemente de un sueño dulce como la miel; entreabrió los ojos y entonces lo vio. Allí, delante de él, detrás suyo, a sus costados y bajo sus pies, se encontraba el vergel más hermoso que jamás nadie había contemplado… Cualquier descripción se quedaría corta y sólo lograría aproximarse lejanamente.

En ese instante fue feliz, más aún, fue la Felicidad. Y decidió que esa tierra debería tener un nombre.

Sí, le llamaría Edén.

Anónimo