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Despiértate y Huele el Café
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En el País de SISEÑOR daba la impresión de que la princesa Joyce hubiera apagado el despertador unas cuantas miles de veces, porque lo cierto es que llevaba durmiendo la siesta desde hacía casi un siglo. ¿Que cuál era la razón de su centenaria siesta? Pues que sus padres, el rey y la reina, se olvidaron de los modales reales y no invitaron a una rencorosísima hada a la fiesta del primer cumpleaños de Joyce. Las hadas que sí fueron invitadas le habían hecho a la niña valiosos regalos, como la virtud, la belleza, la bondad, el encanto y una más que generosa libreta de ahorros. Pero el hada olvidada, al enterarse de que se la había excluido de la gala, se cargó la fiesta y, en su ira y humillación, maldijo públicamente a la pequeña princesa:

  • Cuando cumpla los quince años, y tras pincharse su real dedo con una rueca, la princesa Joyce morirá -gritó el hada airada.

El rey y la reina, como es natural, se disgustaron mucho con aquella explosión de cólera, y prometieron que en adelante utilizarían el “responde si le place”, pero aquel gesto no conmovió lo más mínimo al hada. Y, justo entonces, otra hada que llegaba tarde, porque estaba de moda llegar tarde, y que aún no le había hecho su regalo a la princesa (una calabaza a la que había transformado en una sillita de niño), se ofreció para atenuar la maldición, de manera que Joyce no moriría, sino que se quedaría dormida durante cien años después de pincharse con la rueca. También se ofreció para poner a dormir a todo el mundo en el reino, para que la princesa no estuviese sola.

La pareja real tenía los corazones destrozados. Siempre habían protegido mucho a su hija pero, después de aquello, su vigilancia se hizo obsesiva. El rey ordenó que se quemaran todas las ruecas del reino, e incluso llegó a desterrar todo tipo de acolchadoras, cosedoras y tricotosas, simplemente para andar sobre seguro. Por otra parte, el macramé sólo se podía elaborar bajo una rigurosa supervisión.

A Joyce no le permitían jugar en el exterior del castillo sin que estuviera presente la guardia real, y sus compañeros de juegos eran cacheados de forma rutinaria por si intentaban pasar algo a escondidas. Tan potentes medidas de seguridad llevaron a la niña a un repentino descenso de su popularidad en la escuela. La princesa también amaba a los animales, pero sus padres temían que un perro o un gato pudieran morderle y desencadenar accidentalmente la maldición, de manera que lo único que se le permitió tener fue un pez de colores. Más tarde, la madre caería en la cuenta de que el recipiente de cristal de pez podría romperse en mil pedazos, por lo que se llevaron a su mascota, Sushi, y la echaron por el real inodoro. Tampoco se le permitió aprender a montar a caballo, por miedo a que se cayera del animal. Entonces, la princesa se ofreció para ayudar al jefe de cocina, pero al personal de la cocina se les dio órdenes estrictas para que la mantuvieran lejos de los fogones y de la cuchillería.

Cuando llegó el decimoquinto cumpleaños, la princesa Joyce se escabulló de sus guardias y fue al castillo en busca de sus regalos. Pero, en una de las abandonadas torres, se encontró con el hada enfadada, que iba disfrazada de anciana portando una rueca. Ansiando hacer algo nuevo lejos de la mirada protectora de su guardia, la princesa se sentó y se puso a hilar lana. Pero, ¡ay!, en cuanto comenzó, se pinchó el dedo e inmediatamente perdió el conocimiento.

En aquel momento, el contrahechizo del hada buena entró en acción, y todos en el reino se quedaron dormidos en mitad de sus rutinas cotidianas. Por suerte, Thad, el bufón de la corte, acababa de terminar sus juegos malabares con el hacha y nadie sufrió ningún daño.

Durante los cien años que siguieron, las malas hierbas crecieron hasta gran altura en el País de Síseñor, y una gruesa espesura de maleza bloqueó la entrada al castillo. Los relatos sobre la belleza de la princesa se hicieron legendarios en las poblaciones de los alrededores, y hasta en tierras muy lejanas se difundió el rumor de que se la podría despertar y conquistar con un beso. Muchos hombres emprendieron viaje hasta el castillo con la esperanza de terminar con tan larga fiesta de ronquidos, pero no pudieron cruzar la maleza.

Cuando Joyce cumplió 115 años, se levantó del hechizo, y un adormilado País de Síseñor volvió a la vida. Sin embargo, aquel día había llegado otro apuesto pretendiente intentando superar el desafío de la maleza, pero ésta se fue abriendo a su paso, a medida que él avanzaba por el sendero en dirección al castillo. Sir Bruce de Addis se encontró finalmente con la bella durmiente en la torre abandonada.

  • - Despertad, princesa mía -dijo el joven caballero-. El hechizo se ha levantado.

Sir Bruce se arrodilló con el fin de besar a su hermosa doncella, pero después de cien años durmiendo, el aliento matinal de la joven fue suficiente para oxidar el visor cerrado del yelmo de su armadura.

La princesa Joyce abrió los ojos y murmuró:

  • - Sólo cinco minutos más. Estaba en mitad de un sueño fantástico.

Pasó el tiempo, y la princesa se fue enamorando de su caballero de brillante armadura (incluso se ofreció para abrillantársela para que tuviera un buen aspecto en las justas de los torneos). Se casaron con una modesta ceremonia de boda real, pero esta vez se aseguraron de invitar a todas las hadas.

Dado que las actividades sociales de la princesa habían estado tan restringidas antes del largo sueño, Joyce no desarrolló interés alguno o afición por sí misma. En consecuencia, la princesa vivía para su marido. Los intereses de él se convirtieron en los intereses de ella, y Joyce se metió de lleno en ellos con fervor. Cepillaba su caballo, afilaba su lanza e, incluso, le conseguía informes exploratorios acerca de la competición de la zona. Nunca se perdía una justa ni un torneo. Pero, en lo más profundo, tenía envidia de Sir Bruce y de su habilidad montando a caballo. Joyce suspiraba por la sensación de libertad al cabalgar por los campos, pero su sobreprotegida adolescencia le había dejado como secuela un profundo miedo a lo desconocido. En la única ocasión en la cual consiguió sentirse libre, cuando el incidente de la rueca, las consecuencias fueron desastrosas, no sólo para ella, sino para todo el reino.

La princesa también enmascaraba aquellos sueños no realizados ayudando a los demás en sus empresas creativas. Patrocinaba a escritores y poetas con dotes reales, pero no se atrevía a plasmar en papel sus propias ideas. Era mecenas de la orquesta real de cámara pero, al intentar aprender música, terminó por avergonzarse de sus torpes esfuerzos, y acabó regalándole el piano a su ayudante de cámara. Dedicándose a los demás, Joyce se aseguraba de que no tendría tiempo para darse cuenta de su propio vacío.

Varios años después, la princesa se tropezó con la rencorosa hada que no fue invitada en su primer cumpleaños. El hada, que acababa de volver de un largo año sabático en el Tíbet, le dijo a la princesa que había aprendido lo importante que era perdonar, y que ya no guardaría más rencor contra la princesa y su familia por olvidar invitarla. El hada se disculpó ante la princesa por el pequeño episodio mortal, y le dijo que había dejado que los sentimientos dolorosos extrajeran lo mejor de ella. Luego, le preguntó a la princesa cómo iba su vida desde que había despertado, y Joyce le hizo un detallado relato de las hazañas de Sir Bruce. Tras escuchar un rato, el hada se dio cuenta de que Joyce no había desarrollado aún su sentido de la identidad.

El hada le ofreció a la princesa un amuleto mágico como regalo de bodas tardío, dado que había estado fuera del país. La mujer sacó un cilindro plateado y dijo con una voz feérica y sugerente:

  • Con este encantamiento, no sufrirás daño alguno.

El hada le dijo a Joyce que el encantamiento le permitiría desarrollar sus talentos hasta su verdadero potencial, pero le advirtió que no podría impedir que se equivocara, ni podría evitarle fracasos, aunque sí que convertiría los errores en lecciones valiosas que la llevarían a consecuciones futuras.

La princesa estaba encantada con el regalo, y sintió renacer su sentimiento de libertad. Fue de inmediato hasta su marido y le pidió que le enseñara a cabalgar. Se cayó unas cuantas veces, pero se dio cuenta de que cada caída la llevaba a mejorar su estilo de monta. Sir Bruce, que empezaba a estar un poco cansado de que su mujer fuera tan dependiente, empezó a ver a su esposa desde otra perspectiva. Al dejar de ser su sombra, Joyce le estaba dejando más espacio ara su propio crecimiento. El regreso de Joyce a las clases de música fue también satisfactorio, y empezó a pensar que por fin había despertado a la vida. Su primer libro, Cómo mantenerse delgada a los 115 años de edad, obtuvo los elogios de la crítica.

Sí, el hada tuvo que comprarse un nuevo tubo de lápiz de labios para sustituir el “amuleto mágico” que le diera a la princesa, pero aquello no dejaba de ser un precio muy bajo para un “feliz por siempre jamás“.

Sue y Allen Gallehugh.