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De la Soledad al Encuentro
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angustiaEs viernes por la tarde y el nivel de angustia va creciendo; mis planes se han venido abajo y el fantasma de la soledad aparece ante mí. Repaso mentalmente y me doy cuenta que estoy muy solo, que no tengo prácticamente a nadie con quien pueda contar. Las pocas personas que me vienen a la cabeza seguro que ya tienen planes. ¿Qué puedo hacer? Estoy solo y no se me ocure qué puedo hacer. Debería aprender a convivir con estos sentimientos, debo aprender a vivir solo, o acostumbrarme al menos…“.

Este es un relato ficticio, que ejemplifica numerosas conversaciones que he tenido en consulta en los últimos años. Personas que se sienten solas, abrumadas ante la idea de no tener con quién conectar, de no vislumbrar una solución a ese sentimiento que, poco a poco, se ha convertido en su gran miedo.

A finales del año 2015, leí un estudio que afirma que 4 millones de personas en España “se sienten solas“.  El dato resulta abrumador, sobretodo si observamos que estudios similares en otros países muestran una tendencia similar. En EEUU, otro estudio del que me habló mi amiga y compañera Teresa Falls, se ha observado un decremento del número de personas significativas que forman parte de la vida de los ciudadanos encuestados. Se ha pasado de tener entre 1 y 3 conexiones significativas, a tener entre 0 y 1 conexiones.

En el estudio realizado en España, se discrimina bastante acertadamente entre diversas tipologías de soledad, que van desde el hecho de “vivir solos” por elección, “vivir solos” porque perciben no tener otra opción, “sentirse solos” en compañía de personas con quienes conviven o se relacionan, así como “sentirse solos” como resultado de un aislamiento social real. En este caso hablamos de una soledad no deseada y sufrida, que hace referencia a la percepción de no tener conexiones y vínculos significativos con otras personas. En los últimos años muchas personas que han pedido ayuda profesional en la consulta, tenían como demanda, de un modo u otro, la soledad.

soledadEstar solo y sentirse solo, aunque frecuentemente pueden confundirse, son experiencias muy diferentes que vienen marcadas por un modo particular de percibir la situación:

  1. Sentirse solo estando en compañía de otras personas: algunas personas la consideran la peor forma de soledad, puesto que les lleva a pensar que el problema es exclusivamente suyo. Este tipo de percepción genera doble sufrimiento: sufro porque me siento solo y sufro por creer que es culpa mía, por una incapacidad para “conectar”.
  2. Sentirse conectado y disfrutar en compañía de otras personas: es lo que mayoría de las personas deseamos, conectar con otros, vincularnos de forma significativa y disfrutar de nuestras relaciones interpersonales.
  3. Sentirse solo estando en compañía de uno mismo, es decir, físicamente solo: es la forma más frecuente en la que gran parte de las personas experimentan la soledad no deseada, asociada al aislamiento y al sufrimiento. Entran en contacto con ella cuando están físicamente solos, cuando no están acompañados.
  4. Sentirse bien, disfrutando, estando en compañía de uno mismo: en algunos contextos se la conoce como “soledad buscada” y sucede cuando deliberadamente queremos estar con nosotros mismos y nos sentimos bien al hacerlo, puesto que, aunque no sea en este momento, nuestra percepción de estar conectados a otros, se mantiene.

El sentimiento de soledad, para muchas personas, puede tener su origen en un modo particular de percibir la situación en la que se encuentran en ese momento; cuando centramos la atención exclusivamente en pensamientos como “estoy solo“, “no tengo a nadie“, “no le importo a nadie“, la sensación de soledad y desconexión incrementa.

Del mismo modo, esas percepciones generan consecuencias que provocan frecuentemente un empeoramiento de la situación: la percepción de soledad nos bloquea, no ponemos en marcha acciones que cambien la situación, como llamar a un amigo, de manera que incrementamos el aislamiento y la sensación de soledad.

soledadDesde hace mucho tiempo se sabe que los seres humanos somos animales sociales, como casi todos los primates. Sin embargo, no todos tenemos las mismas preferencias a la hora de relacionarnos con los demás, del mismo modo que no todos sabemos disfrutar de estar con nosotros mismos a solas de la misma manera. Es importante aprender a alcanzar un equilibrio saludable partiendo de nuestra preferencia: hay personas que prefieren mayoritariamente estar en compañía de familiares, amigos, pareja, compañeros de trabajo, etc., mientras que otras, pueden tener una gran preferencia y reservarse grandes espacios para estar a solas. En ambos casos, hemos de procurar que exista un equilibrio entre el tiempo que dedicamos a nuestras relaciones interpersonales y el tiempo que dedicamos a estar solamente en compañía de nosotros mismos.

Un elemento importante para alcanzar este equilibrio es respetar nuestra preferencia y no exigirnos “lo que los demás consideran mejor”; en numerosas ocasiones he visto cuestinarse las propias preferencias a personas que parecían disfrutar de las mismas, solo porque otras personas las han considerado “raras” o diferentes.

La soledad es más que un estado emocional, es un aprendizaje que forma parte inevitable de la vida: hemos de aprender a convivir con nosotros mismos, a disfrutar de esa convivencia y hacer de ella un espacio de crecimiento. Hoy por hoy concebimos la soledad como una vivencia negativa, asociada frecuentemente con otros problemas y siempre con connotaciones peyorativas. Parece que “estar solo” se hubiera convertido en un indicador de perturbación emocional y social. El equilibrio entre estar solo y cultivar relaciones interpersonales es un descubrimiento personal que ha de basarse en una sana conexión con nuestras emociones, puesto que éstas cumplen la función de descubrirnos nuestras necesidades. A partir de la detección de nuestras necesidades estaremos en disposición de elegir, partiendo de nuestra preferencia, si quedarnos a solas o buscar la compañía de otras personas que nos importen.

Es fácil que ese equilibrio se pierda. En consulta me encuentro muchas personas que sufren con la soledad que han creado al desprenderse de todas sus relaciones poco a poco, así como personas que han creado relaciones interpersonales basadas en la dependencia. Las relaciones interpersonales nos exponen a numerosos riesgos, como el rechazo, la exigencia, la incomprensión…, pero también nos permiten la posibilidad de conectar con otros y experimentar el amor, la amistad, el apoyo, el consuelo, la alegría compartida…

abrazoEn el camino de aceptar la soledad como parte de la vida, hay un elemento que nos puede facilitar el equilibrio entre las relaciones significativas con otros y la construcción de una relación significativa con nosotros mismos: el encuentro. Encontrarse con otra persona supone un ejercicio de curiosidad y apertura, en el que estamos dispuestos a adentrarnos en el universo de creencias y experiencias del otro; supone un abandono temporal de mis convicciones para abrirme a otras posibilidades. En el encuentro existe la posibilidad de conectar y crecer, pero no siempre sucede; a veces, el encuentro no se repite y sin continuidad no podemos dar recorrido ni profundidad a una relación. Ni siquiera con nosotros mismos.

El factor que mejor explica, a través de mi experiencia de los últimos años, el que las personas nos sintamos cada vez más solas es la ausencia de encuentro. Un encuentro requiere tiempo, dedicación y presencia. El auge de las redes sociales virtuales, la velocidad a la que procesamos vivencias y la incesante búsqueda de nuevas sensaciones, provoca que imposibilitemos el encuentro con los demás… y también con nosotros mismos. Sin encuentro no podemos conectar, y sin conexiones no podemos sino sentir el acoso de esa soledad que nos genera sufrimiento.

Siempre me ha gustado la expresión “cultivar las relaciones”. Cualquier cultivo requiere tiempo y dedicación, cariño y paciencia. Me resulta muy agradable pensar que son 4 factores importantes para que las relaciones florezcan. El único antídoto contra la soledad sufrida es el encuentro, lo que implica un cambio en el modo en que enfocamos parte de nuestras vidas: menos velocidad y más paciencia, más relaciones en persona y menos relaciones virtuales… Para ir de la soledad al encuentro he de aceptar la posibilidad de que no siempre suceda lo que deseo, de no encontrarme con los otros, pero que invariablemente, si aprendo a disfrutar de una buena relación conmigo mismo, el impacto de la soledad no será el sufrimiento, sino el autodescubrimiento.

Tony Corredera.

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