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Afrontar los Miedos con los Niños
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30 septiembre 2007 - 15:29, por , en Crianza y Crecimiento, 1 comentario

Todas las personas sentimos miedo en ocasiones; unas más que otras, y eso, en los adultos, tiene que ver más con darse permiso a sentirlo que con una especial sensibilidad natural. Cuando hablamos de los miedos infantiles, las cosas van en una dirección parecida, pero el permiso nace, o se otorga, desde los “otros” significativos del niño o la niña: padres, tutores, etc…

La capacidad de afrontar los miedos tiene que ver con la forma en que aprendemos qué significa tener miedo. Porque a veces el temor a lo desconocido, a lo que no comprendemos, puede transformarse en una emoción de miedo más intensa si le trasladamos nuestras percepciones y temores al niño. Al fin y al cabo, el “pequeño constructor de su realidad” está aún aprendiendo las reglas del juego y la fuente de seguridad son sus referentes adultos.

El miedo es una emoción caracterizada por un sentimiento interpretado generalmente como desagradable, y que está provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. En esta definición es fácil encontrarse con que muchos miedos son absolutamente irracionales, que no se fundamentan en la lógica. Al mundo adulto le cuesta tolerar todo lo que no se mueve en esos parámetros, lo que provoca que la respuesta a los miedos infantiles sea, a veces, inadecuada.

Desde cualquier otro ámbito, todo el mundo comprende que los niños no pueden funcionar igual que los adultos, y que habitan durante mucho tiempo en un mundo en el que la magia, los sueños, la fantasía, son la pauta. Los miedos infantiles provocan en los adultos sentimientos de temor al no saber qué hacer exactamente.

Tener miedo es normal, pero cómo, cuándo y hasta dónde, se nos escapa, por lo que muchos adultos se empeñan en alterar los parámetros de comprensión de los niños y acelerar su maduración en cuanto a los miedos. Se les dice que ya “son mayores” para tener miedo a la oscuridad, o incluso se enfandan con ellos si su respueta de temor persiste. Se da por hecho que, si no va a comprender exactamente lo que ocurre con su temor “irracional”, sea cual sea éste, entonces no necesita una explicación, y lo que debe hacer es superarlo. Es decir, que, partiendo de nuestro propio miedo a que el niño no esté bien, exigimos a éste que supere sus propios miedos sin comprenderlos, sin recibir pautas específicas sobre qué hacer.

El que los niños no estén preparados para comprender cómo funcionan determinados ámbitos de la realidad adulta que les provocan miedo (como puede ser la oscuridad, las tormentas, u otros fenómenos de la naturaleza, por ejemplo), no significa que no necesiten una explicación sobre porqué ocurren. Y, más allá, los adultos necesitamos aprender a pensar también desde la perspectiva de los niños, y dar respuestas que resulten válidas para ellos, aunque desde el mundo adulto las podamos catalogar como “ilógicas”. ¿Por qué no resulta válido dar una explicación fantástica a un fenómeno natural a partir del cual los niños desarrollan algunos miedos? Los cuentos nos permiten utilizar la clase de lenguaje adecuado para ofrecer explicaciones válidas para los niños y, a partir de las cuales, instaurar otras herramientas con las que afrontar el miedo específico.

Existen algunos miedos que, necesariamente, todos los niños experimentan en algún que otro momento y que les sirven para ir madurando emocionalmente. Los llamados “miedos evolutivos” son reacciones normales, adaptativas, y forman parte del desarrollo normal del niño; asimismo, son transitorios y están relacionados con las etapas evolutivas, no interfiriendo en el funcionamiento cotidiano. Estos miedos forman parte del desarrollo habitual de los niños y niñas, y, en principio, no suponen un problema excesivamente grave. Hablamos, por ejemplo, del miedo a estímulos intensos (ruidos fuertes, dolores), el miedo a estímulos desconocidos (personas extrañas), el miedo a la ausencia de estímulos (oscuridad), o el miedo a estímulos potencialmente peligrosos para la especie humana (serpientes, animales, etc.).

Todos podemos recordar, con mayor o menor claridad, algunos de los miedos más habituales durante nuestra infancia; cuando nos costaba dormir solos, en medio de la oscuridad, quizás temiendo que un monstruo llegara para hacernos daño… O el fuerte ruido de un trueno durante una tormenta, o la separación de los padres que han decidido dejarnos con un cuidador de confianza mientras van a cenar fuera… ¿No necesita un niño una explicación de porqué siente miedo ante esos acontecimientos, en muchas ocasiones difíciles de explicar? Y está claro que una explicación científica de porqué los truenos y los rayos suceden le servirá de poco para afrontar dicho miedo, sobretodo en el caso de niños pequeños.

Los adultos podemos complicar las cosas si no atendemos la demanda del niño, pero también si la atendemos inadecuadamente. Una excesiva atención al asunto puede dar la impresión de que sí tiene de qué preocuparse, que su miedo es razonable. Además, el hecho de recibir muchas atenciones puede reforzar su comportamiento específico ante esta clase de estímulos y convertirlo en una estrategia para recibir atención y caricias. ¿Qué hacer para no convertirlo en un problema?

La primera clave a tener en cuenta consiste en valorar adecuadamente el miedo. ¿En qué consiste? Hacerlo desde un plano de comprensión del mundo infantil nos facilitará las cosas; no juzgar, no exigir, no criticar el miedo nos facilitará su comprensión. Hay que recordar que el niño está aprendiendo qué significa su miedo, y que necesita una explicación que le resulte válida a él tanto para comprenderlo como para afrontarlo después. Se trata, por tanto, de averiguar cuál es el miedo CON el niño, dejando que sea él mismo el que nos guíe en el significado que tiene para él dicho miedo.

En todo el proceso de comprensión, reconstrucción y afrontamiento del miedo, el verdadero protagonista es el niño, por lo que tenemos que dejar que forme parte activa del mismo. Uno de los errores más comunes es intentar dar una solución estereotipada, e intentar que el niño se la crea, la acepte porque sí, y que le sirva. Yo apuesto por observar esa realidad específica, el miedo, comprenderla ambos desde una perspectiva común, reconstruir el significado del miedo, a partir de elementos útiles (que pueden ser lógicos o ilógicos, reales o imaginarios) para el niño, y luego elaborar una estrategia de afrontamiento.

Una vez observado el miedo del niño, desde su perspectiva, y lo hayamos aceptado, el siguiente paso consiste en intentar reconstruir el significado del miedo para él. ¿Cuál es el método más adecuado? Evidentemente no creo que haya un método único, una fórmula mágica que ayude a todos por igual, pero sí que hay ciertos lenguajes que facilitan claramente algunos aprendizajes. Los cuentos nos permiten utilizar un lenguaje especial que conecta directamente con nuestra emociones más profundas, simplifica la realidad y la hace más comprensible.

Nuestra perspectiva debe centrarse en poder llegar con garantías al afrontamiento, pero como paso previo hay que encontrar una nueva explicación al fenómeno que produce miedo. ¿Por qué son tan ruidosos los truenos? ¿Por qué al quedarme a oscuras veo figuras en el techo? ¿Por qué? Esa es la pregunta que hay que responder, con una explicación que al niño le sirva para cambiar su actitud ante el fenómeno. El significado que tiene ahora para él, le genera una serie de emociones negativas que cristalizan en un claro bloqueo: está atenazado y pide ayuda a los adultos, a sus padres. Construir junto a él un nuevo significado que cambie esa emoción, puede ayudarnos a llegar al afrontamiento con garantías. Las emociones positivas, que pueden surgir a partir del nuevo significado que para el niño tenga el fenómeno que le producía miedo, abren su repertorio de conductas de afrontamiento y mejoran su actitud ante el mismo.

Para los adultos, responder a las preguntas anteriores relacionadas con los miedos, nos resulta tan difícil como dar una explicación al fenómeno extraño, y entrañable, que muchos niños (y adultos) repiten en la cama cuando sienten miedo de algo: esconderse debajo de la sábana. Es un auténtico misterio, un comportamiento que se repite en muchas personas de diferentes edades. Por tanto, dar una explicación que parte del mundo adulto, lógico, científico, no tiene porqué resultar más útil que una explicación mágica, como la que cabe en un cuento.

El miedo puede suponer una oportunidad para conectar con nuestra parte más creativa, más infantil, más auténtica… Una oportunidad para establecer una relación cualitativamente distinta, tanto con nosotros mismos como con el niño o la niña. Porque desde nuestra perspectiva adulta, si no nos damos permiso a nosotros mismos para ponernos auténticamente en el lugar dle pequeño, conseguiremos justo lo contrario que pretendemos, y el miedo se convertirá en un problema. Porque si pretendemos, desde la exigencia de que el miedo es malo y debemos rechazarlo, que el niño afronte sin comprender, sin entender qué significa para él dicho miedo, lograremos “contagiarle” nuestro propio afrontamiento, nuestra propia exigencia, y el niño se sentirá mal consigo mismo por sentir miedo, saliendo dañada su autoestima.

En ocasiones, trabajar nuestros propios miedos y preguntarnos qué significan para nosotros, puede ser una estrategia que nos acerque un poco más a la comprensión de los miedos infantiles. ¿Por qué me siento así con el miedo de mi hijo? ¿Por qué me enfado con él o ella si persiste su respuesta de miedo? ¿Qué significa para mi que tenga miedo? Si no somos capaces de respondernos a nosotros mismos, y nos empeñamos en que afronten y superen sin más sus miedos, conseguiremos, con suerte, que los bloqueen, pero seguramente tienda a reproducirse o a transformarse en otros miedos diferentes más adelante.

Si somos pacientes, escuchamos, aceptamos y compartimos los miedos de nuestros hijos, seguramente habremos conseguido dar ese primer paso necesario para que aprendan a afrontar adecuadamente las situaciones que les producen temor y les atenazan.

Tony Corredera.

Director de Crecimiento Positivo

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