Palabras que Ayudan

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Palabras que Ayudan

Posted by in Cuentos y Metáforas,Psicología Positiva | octubre 23, 2007

Los humanos somos seres sociales y, como tales, estamos dotados de una serie de herramientas que nos permiten comunicarnos y facilitar la formación de pequeños y/o grandes grupos de individuos que faciliten la supervivencia. El lenguaje es una de estas herramientas.

Todos los días, a cualquier hora, en cualquier parte del mundo, los humanos nos relacionamos a través de las palabras. En principio, las palabras, como conjunto de símbolos diseñados para la comunicación, tienen un impacto sobre nuestros pensamientos, tanto en el origen como en el resultado, en la causa como en la consecuencia.

Pero en determinados momentos, un conjunto de palabras tiene un resultado cualitativamente distinto en nosotros. De improviso, el habitual procesamiento de la información, en el nivel cognitivo, que otorga un significado a ese conjunto de símbolos específico, se ve invadido con una consecuencia distinta, que, en ocasiones, marca la diferencia: un efecto sobre nuestras emociones.

El efecto emocional de determinados conjuntos de palabras combinadas, depende más del momento que el individuo que lo procesa está atravesando, que del significado que dichas palabras tienen en su conjunto. Y esto es lo maravilloso del proceso, porque una misma frase, un mismo párrafo, un mismo texto, pueden tener dos efectos distintos en la misma persona en dos momentos diferentes.

¿Por qué tienen ese efecto las palabras en nosotros? ¿Qué es lo que diferencia un mensaje trascendente de otro que no lo es? ¿Qué clase de resultados producen en nosotros determinadas frases? Ciertos conjuntos de palabras, que forman frases, textos o incluso relatos, poseen la capacidad de conectar con nuestras emociones de modo directo. Conectan con nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros miedos.

Los seres humanos hemos aprendido a manejarnos bastante bien en términos cognitivos, es decir, procesar la información simbólica en un sistema racional, en el que la literalidad de los mensajes es importante e, incluso, fundamental.

Sin embargo, no nos manejamos tan bien con las emociones, que suelen utilizar el lenguaje de modo metafórico. El uso de metáforas en el lenguaje conecta directamente con las emociones básicas y genera una serie de sentimientos al respecto que nos permite, en el mejor de los casos, darnos cuenta de una parte de nuestra realidad.

El miedo, la sorpresa, la alegría, la tristeza, el asco y la ira son las 6 emociones básicas. ¿Qué es lo que hace que no sepamos muy bien cómo manejarnos con ellas? Lo cierto es que las emociones tienen la capacidad de activarnos tanto fisiológica como psicológicamente de formas increíbles. Los sentimientos son la respuesta psicológica de la emoción, y es precisamente en ellos donde vemos más característicamente el impacto de un relato, de un cuento, de una frase inspiradora.

Todos podemos pensar en algún ejemplo de nuestras vidas en el que al haber leído algo, hemos experimentado unas sensaciones que invadían nuestro organismo, activando nuestra respuesta fisiológica (por ejemplo, aumentando la tasa cardíaca, llorando, etc.) y produciendo un sentimiento. Sentíamos una profunda nostalgia, o sentíamos amor…, y la cualidad de ese sentimiento puede tener consecuencias positivas o negativas. Este es un maravilloso sistema humano cuyas implicaciones estamos aún descubriendo.

Esto concede a las interacciones humanas la potencialidad de marcar la diferencia. Toda relación humana es una oportunidad de construir un vínculo trascendente que nos permita alcanzar mayores cuotas de autoconocimiento. Si todo acontecimiento en nuestra vida tiene el poder de conectarnos con nosotros mismos, si somos capaces de aceptar lo que sentimos, entonces en todas las posibles interacciones humanas, entre las que se encuentra la capacidad de conversar, hay oportunidades para aprender algo importante.

Muchas veces, una palabra, una frase o una conversación con alguien en el momento indicado supone la diferencia entre pararnos o continuar. De hecho, a veces es necesario pararse para encontrar las palabras que nos recuerden porqué habíamos elegido determinado camino y así poder continuar. Dichas palabras podemos encontrarlas en un libro, que puede resultar tremendamente inspirador, o bien podemos encontrarlas en otra persona. Del mismo modo, también podemos encontrar ejemplos comunes de situaciones en las que ciertas palabras han tenido la cualidad de pararnos.

Como decía, en ocasiones, determinadas palabras, en determinados momentos, nos recuerdan quiénes somos y lo perdidos que nos encontramos. ¿Verdaderamente las palabras poseen ese poder? Evidentemente no. Es la interpretación que hacemos nosotros, es el procesamiento de esa información, tanto cognitivo como emocional, el que puede ayudarnos a conectar con algo trascendente; el que puede ayudarnos a darnos cuenta de que ciertas cosas no están bien. Y este es un primer paso importante para cambiar a mejor, para adquirir el deseo de cambiar eso que creemos que no está bien.

No todas las personas tienen la misma capacidad para conectar con sus emociones, con sus sentimientos. Encuentran más dificultades para administrar bien el resultado de dichas conexiones. Algunas personas no pueden conectar, y les cuesta mucho utilizar el lenguaje simbólico para darse cuenta; a otras personas, en cambio, les resulta difícil asimilar su capacidad para conectar con sus emociones y no consiguen interpretar adecuadamente los sentimientos. Estos solamente son dos generalizaciones de tipos de respuesta que se pueden producir. Pero suponen dos magníficos ejemplos en los que es necesario establecer un vínculo con otro ser humano que les facilite comprender sus procesos emocionales y así conectar adecuadamente con su parte más visceral, más negativa, más creativa o, sencillamente, más desconocida.

En la relación terapéutica se construye un vínculo en el que el lenguaje metafórico puede ser una herramienta magnífica para conectar de forma adecuada con dichas partes. Nadie nace sabiendo leer, o sabiendo conducir y, por supuesto, nadie nace sabiendo administrar sus emociones. Durante el proceso terapéutico, las personas pueden aprender a conectar adecuadamente con sus emociones, reconoce sus reacciones fisiológicas y aprende a construir sentimientos más ajustados a sus necesidades. Y dicho proceso es llevado a cabo a través de la interacción entre dos personas, con roles distintos. No necesariamente las palabras salen siempre del mismo interlocutor. En muchas ocasiones, es la misma persona la que se descubre a sí misma diciendo en voz alta algo que se había negado emocionalmente durante mucho tiempo, que había mantenido en secreto, incluso para ella. En definitiva, este proceso de aprendizaje y crecimiento, para ambos miembros de la relación, se produce, como apuntaba al principio, a través de palabras que ayudan.

Antonio Corredera.

Director de Crecimiento Positivo..

Los Roles en Pareja

Posted by in Relaciones de Pareja | octubre 7, 2007

¿Qué es lo que hace que una relación de pareja sea satisfactoria para cada miembro que la compone? Esta es una de esas preguntas para las que no existe una respuesta perfecta. Cada pareja, igual que cada individuo, es diferente, y el modo en que viven la relación depende de las particularidades de cada caso. Lo que es evidente, por otro lado, es que todas las personas desempeñamos, en nuestras relaciones sociales, determinados roles que vamos asumiendo en función de las experiencias que acumulamos.

La asunción de un rol como propio puede destruir el vínculo en la pareja. Los roles deben fluir de modo que se asuman solo cuando sea necesario, facilitando que ambos miembros de la pareja se sientan con permiso de manifestar sus necesidades.

Cuando uno siente que no puede representar cierto papel, que no tiene derecho a manifestar ciertos sentimientos, asume un rol de forma rígida. Las personas, a partir de las experiencias que los han transformado en quienes son, pueden asumir un rol determinado durante un periodo de tiempo, porque las necesidades de la pareja sean perentorias. Pero anclarse en ese rol, interpretar el papel de “fuerte”, de “débil”, etc., durante mucho tiempo, impide el crecimiento del vínculo y también el crecimiento de ambos miembros de la pareja, que dejan de ser ellos mismos para convertirse en protector y protegido, en fuerte y débil.

Permanentemente nos encontramos con retos que nos exigen un alto grado de compromiso y un desgaste emocional muy costoso. Es cierto que apoyarse en la pareja resulta reconfortante y necesario, pero ambos miembros de la pareja deben tomar conciencia de ellos mismos y de los roles que asumen para no enquistarse en ellos y para dar permiso al otro para que cambie de postura, para flexibilizar las etiquetas e intercambiarlas. Ese “toma y daca”, deja crecer el vínculo de forma sana y permite a cada miembro de la pareja disponer del espacio para ser creativos, para sí mismo y para el vínculo que están construyendo activamente.

Para que el vínculo de la pareja, la plantita que cuidamos juntos, se mantenga sano, sólido y feliz, es necesario permitir al otro ser quién es, quien necesita ser y, porqué no, quien sueña ser. Y, en ese vuelo libre, cuando somos conscientes de nosotros mismos, elegimos regresar al espacio compartido, el que creamos juntos, porque también encontramos sentido al camino que estamos recorriendo.

Es inevitable asumir roles en la pareja en determinados momentos; a veces porque necesitamos asumirlos y otras veces porque comprendemos que es necesario ejercerlos. ¿Cómo hacer para no transformarnos en el rol que asumimos? La clave está en el diálogo permanente, en la petición al otro, en la observación de las necesidades: las propias, las de la pareja y las del vínculo que nos une.

La rigidez en los roles impide el diálogo profundo sobre las necesidades de todos. Por ejemplo, al asumir el rol de “protector”, estoy dando por sentado lo que tú necesitas y no hace falta preguntarte; por supuesto, además, tú sabes que, como te protejo, no me hace falta nada, así que tú tampoco preguntas. Pero, ¿qué ocurre con el vínculo en este caso? Si fijamos los roles de forma rígida, el vínculo emocional es el que queda abandonado. Y una planta tan delicada necesita agua casi a diario. Es resistente en muchos casos, y tarda mucho en morir, pero sin duda sus flores se marchitan con facilidad, si solo existo yo o si solo existes tú. Construir un espacio donde los tres podamos desarrollarnos es el reto de estar en pareja, el verdadero desafío de construir una vida juntos.

Construir un vínculo de intimidad con tu pareja implica abandonar muchos de los preceptos individualistas para entrar a formar parte de una ecuación ilógica en la que la suma de dos individuos tiene como resultado tres. No se trata de renunciar al individuo que eres, sino de compartir lo que eres y lo que deseas ser. Se trata de aprender a pedir sin exigir, a abrazar sin asfixiar, a estar dispuesto a renunciar con la esperanza de que me elijas cada día.

Y esto es algo muy difícil si primero no he conseguido construirme a mí mismo en un marco de auto-confianza y autoestima ajustadas. Cuando no tengo la autoestima en niveles adecuados, no voy a poder confiar en que me elijas, y entonces pretenderé agarrarte y tenerte a mi lado a toda costa, no dejando que seas quien quieras ser, y asfixiando el vínculo. En este sentido, aferrarse puede suponer la muerte de la pareja, mientras que aprender a soltar será la primera solución. No se puede entender la existencia de una pareja sana y creativa, que permite crecer, si uno de los dos aprisiona al otro con sus propias inseguridades, generando culpa, insatisfacción o incluso ira dentro de la pareja.

Uno de los roles más asumidos en una pareja es el rol de “luchador”. Cuando uno asume la carga, por sí solo, de luchar para que una relación funcione, acaba ocurriendo que se cansa o se quema, o bien acaba magullado por un gran número de cicatrices abiertas, cuyo origen no consigue recordar. Muchas personas están tan enamoradas de la idea de estar en pareja, de compartir su vida, que no se plantean si la persona con la que viven esa historia es la que realmente quieren para sí mismas. Y luchan y pelean por la relación, no queriéndose dar cuenta del daño que producen en el vínculo.

¿Qué rol puede asumir el otro miembro de la pareja ante este comportamiento “luchador”? Lo más común, y como ocurre en todos los sistemas que se mantienen en el tiempo y que funcionan (aunque sean disfuncionales), es que se acomode y se acostumbre a que sea el otro el que empuje por los dos. Pero decíamos que las cosas tienen que fluir porque no se puede empujar el río contracorriente.

El resultado de mantenerse en esos dos roles es la insatisfacción de los dos miembros de la pareja, que van acumulando reproches en silencio hasta que uno de los dos no pueden aguantar más y lo expresa. Las formas de expresión pueden ser diversas y dependen también de cuánto tiempo se hayan mantenido las posturas y roles rígidos y el impacto que esto haya tenido sobre la autoestima de cada uno. Desgraciadamente, la falta de diálogo hace que la expresión emocional de las propias necesidades aparezca como fuera de lugar. En un caso extremo, la psicopatología puede ser el resultado que provoque un cambio de paradigma en la pareja. Ahora los roles son los opuestos: tú que me protegías necesitas que te proteja, y yo, que era protegido, asumo tu protección. Se vuelve a una nueva fase de “estabilidad inestable”, en la que el vínculo está ya herido de muerte. No obstante, la relación puede durar años así construida, llenándose de sentimientos de deuda (“con lo que hizo por mi…”, “me lo debe, por lo mucho que me esforcé…”), culpa, malestar e ira.

Construir la relación de forma sana implica, como decía, dejar espacio para los tres, de modo que todos puedan crecer: los dos individuos y el vínculo que han elegido construir. Y la base para que así sea, será, sin duda, el diálogo. Un diálogo flexible, que de permiso a sentir toda clase de emociones, que permita el intercambio de roles, y en la que haya la libertad de pedir lo que necesito sin esperar a que el otro se de cuenta por sí solo.

Desde que somos pequeños nos educan en continuas incongruencias que configuran una forma de establecer vínculos en determinados ámbitos. Tenemos ejemplos de cómo es estar en pareja a nuestro alrededor que van ofreciéndonos ideas sobre cuáles son los roles que tendremos que asumir más adelante. Pero también los medios de comunicación nos influyen notablemente, desde la más tierna infancia, configurando una imagen de cómo queremos que sean las cosas y, más allá, de cómo deben ser: perfectas. Y luego esperamos que sean así.

El problema empieza muy pronto, cuando comenzamos a comprobar que no recibo lo que necesito por mí mismo y que mi pareja no se da cuenta tampoco. La idea “romántica” que presupone que “si me quiere, sabrá lo que necesito“, está muy extendida. Y es cierto que la mayoría de las personas no observa a los demás (ni a su pareja), los gestos, el rostro, los ojos…, pero tampoco podemos pretender que lo adivinen. La solución es sencilla: pídelo. Facilita el “darse cuenta”, provoca un cambio para que el vínculo crezca sano. No se trata de cambiar por ti, sino de conseguir que el vínculo siga floreciendo.

Antonio Corredera

Director de Crecimiento Positivo